Jorge Luis Borges
He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un
juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de
azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos
y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro
atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El
réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con
simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de
la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos.
También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había
delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se
hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier
hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con
valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de
cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo
más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir
nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El
encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad
es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible
insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el
mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.
De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar,
referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de
diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca.
No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana,
cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las
palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no
ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese
Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación
de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia
del mal.
¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del
libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del
cielo. Almafuerte escribió:
Somos los anunciados, los previstos
si hay un Dios, si hay un punto omnisapiente;
¡y antes de ser, ya son, en esa mente,
los Judas, los Pilatos y los Cristos!
Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería
fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.
Es de curiosa observación que los militares, que abolieron
el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución
clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los
beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es
que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de
todo peligro a sus negadores de ayer.
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