Por
David Viñas*
Sus
diferencias son conocidas. Por eso mismo yo querría destacar sus parecidos; en
sus escritos creo que podría encontrarse, en principio, una misma exclusión de
la historia, que se manifiesta mediante la negación de la lucha de clases en
Perón y en una literatura analgésica en Borges. En uno y en otro se asiste a
una evacuación del sufrimiento y del drama inherentes a la vida cotidiana:
evacuación que resulta, en el texto borgeano, de su oposición al “Centro”
trágico y deslumbrante, y en los documentos de Perón, de su necesidad de borrar
todo lo que implica un cuestio-namiento. Porque si los escritos de Borges no
reconocen a sus lectores sino que los inmovilizan, el discurso de Perón no
incorpora a sus mejores colaboradores sino que los fija. Y si el movimiento
esencial de Borges se orienta hacia el ruego, el de Perón se especializa en las
órdenes. Uno y otro, me parece, instauran un espacio vertical, de arriba hacia
abajo y a la inversa, que poco a poco excluye toda dimensión horizontal:
incapaz de hacer que una comunidad se respete incluso después de haber visto
sus propias miserias, ambos prefieren –cada uno según los valores y con un
objetivo diferentes– que esta comunidad continúe ignorándolos.
En
otro aspecto –el empleo de las palabras– me parece útil establecer sus lazos de
parentesco recíprocos con el Leopoldo Lugones de los años veinte: cuando Perón
dice “muchachos”, está impregnado del Elogio de la espada pronunciado por
Lugones en 1924 en ocasión del centenario de la batalla de Ayacucho; cada vez que
Borges emplea el término peyorativo “muchachones”, está retomando los semitonos
de Lugones de La Patria fuerte.
Podrían
incluso establecerse similitudes en virtud de una cronología “generacional”
previsible, de climas familiares comparables y de una historia compartida desde
la Semana Trágica de Buenos Aires en 1919 hasta los años de la Década Infame
(1933-1943). Verdadera matriz que conformó a los dos hombres en el período que
precedió a su eclosión respectiva, sobre todo si se tiene en cuenta la influencia
decisiva de la presidencia del general Justo (1932-1938), “tío” de Perón y
mecenas de Borges.
Pero
en realidad es el parentesco de símbolos entre Borges y Perón lo que me
interesa particularmente. Símbolos poderosos: concentración de la línea elitista-liberal
en Borges, encarnación de la corriente nacional-populista en Perón. Sobre todo
en relación con los dos sectores de Argentina: la clase media liberal y la
clase media populista, cuyas connotaciones preferidas son el doctor Houssay, el
hombre que habló en La Sorbona y polo sacralizado por la tendencia
liberal-elitista, y el tango trivializado, el Viejo Vizcacha y un Gardel de
opereta para la franja nacional-populista. Dos sectores que, si se enfrentan en
su adhesión, uno a Borges, otro a Perón, a menudo se intersectan y se ponen de
acuerdo: en especial cuando se trata de exaltar el símbolo de una vieja
Argentina de virtudes patriarcales tranquilizadoras y estereotipadas.
Sucede
que el verticalismo al que me refería –tanto el de Perón como el de Borges–
acarrea, tanto en los liberales-elitistas como en los nacionalistas-populistas,
una adhesión exenta de crítica, incondicional en la mayoría de los casos;
eclesiástica, diría. Y con ella todo lo que suponen el star system y el star
cult: filisteísmo, identificación y proyección inmovilizadoras,
autosatisfacción, incondicionalidad. Herencia a lo sumo, no apuesta.
Podría
decirse, para intentar comprender un poco mejor, que Borges y Perón “son dos
burgueses”. Dos grandes burgueses. Y si se quiere, los dos burgueses más
célebres que haya producido Argentina. Que con ellos culminan la lite-ratura y
la política concebidas en el núcleo programático inicial de 1845, dado que
Perón y Borges –a pesar (y a causa) de sus contradicciones y sus matices– son
la concreción perfecta de esta conciencia posible.
Lo que
quiero decir es que las variantes a las que puede llegar el pensamiento burgués
son infinitas. Infinitas sus posibilidades de combinación, pero finitos los
ingredientes a partir de los cuales han sido formuladas la teoría y la
proposición programática; y, lo que hoy me preocupa, agotadas. Porque si sus
combinaciones pueden hacerse en un espacio imaginario (sea Madrid o un relato),
su finitud y su agotamiento eclosionan en un espacio histórico concreto: la Argentina
actual.
Es por
eso que estos grandes símbolos que son Borges y Perón ya no constituyen hoy
(justificando, realimentando y, si puede decirse, mitificando) sino un
movimiento circular, del que por cierto no se escapará utilizando los recursos
del collage.
* En
1981, la legendaria revista francesa Les Temps Modernes, fundada por Jean-Paul
Sartre, consagró su número 420 a la Argentina bajo el título “Argentina entre
populismo y militarismo”. En aquel entonces, David Viñas firmó su artículo con
el seudónimo Antonio J. Cairo.
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