Acerca de “Lunes, 22 de julio de 1985” de Jorge
Luis Borges
Por Matías M.
Testimonio. El lunes 22 de julio de
1985 declaraba en el Juicio a la Juntas el ex detenido desaparecido Víctor
Bazterra. Su testimonio se extendería por más de 4 horas. En ese tiempo que pareció durar mucho más, Víctor relataría su secuestro en 1979, su detención en el Centro Clandestino de
Detención de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), los nombres de los represores -no pocos- que reconoció e identificó. Narraría su paso por la Isla El
Silencio en ocasión de la visita de la CIDH, del "proceso de recuperación" -eufemismo del trabajo esclavo al que eran sometidos los detenidos desaparecidos-, la libertad vigilada que sufrió ya en "democracia", la manera en que logró afanarles “la
identidad a los genocidas” –según su propia lectura- llevándose al momento de
la liberación una serie de negativos con fotos que los represores le hacían
tomar en la confección de documentación falsa.
Recordemos que el Juicio a las Juntas se lleva
adelante ante el reclamo de los organismos de derechos humanos que, en contra
del Decreto 158 de Raúl Alfonsín, que pretendía que el juzgamiento de los genocidas fuese llevado adelante por el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, lograron llevar a los represores
ante la Corte Suprema de Justicia. En este sentido, el debate se realiza en plena vigencia del Decreto 157 que promovia el castigo a quienes hubiesen integrado "grupos subversivos". Este dato no es menor y lo retomaremos.
Ese día, el lunes 22, estaba presente en la sala de
audiencias Jorge Luis Borges. El 31 de ese mes el escritor publicaba en Clarín una crónica
titulada con la fecha de aquel testimonio. En Textos Recobrados III, 1956-1986
fue publicado bajo el título “El asombro de Borges”. Sobre esta crónica, y
especialmente sobre este asombro, queremos decir unas palabras.
Crónica. La escritura va rondando el borde rozándolo
tangencialmente. Seduce, no penetra de manera directa en el magma putrefacto,
pero tampoco lo elude, ni lo disimula. La crónica de Borges adopta la forma del
testimonio. Ni uno ni otro pueden describir ese profundo horror llamado
tortura. No hay palabras cuando el lenguaje penetra en esa pústula del sentido.
El “milagro atroz”, dice Borges, concentrando en ese oxímoron una de las tensiones sobre las que 35 años no
han podido avanzar. “No había odio en su voz”, se asombra Borges. Primo Levi, y
toda la saga de nudividistas que le siguieron, pensaron ese lugar donde la
palabra queda en suspenso, donde el discurso se vacía por supresión de todo
sentido. ¿Es posible la poesía después de Auchwitz?. Es posible el odio después
del terrorismo de estado.
Pero la crónica del literato no pretende
profundizar en ese anatema, sino que prefiere volver sobre sus propias
disquisiciones. Para ello hace
operar sobre Víctor una transfiguración,
el “réprobo”, es un sobreviviente, pero también un traidor: “No había odio en
su voz… había delatado a sus camaradas”.
Vuelvo, el contexto de escritura de este texto, y de este Juicio, es el del Decreto 157 que promovia la acción judicial a quienes hubiesen participado de las organizaciones armadas. Es en ese contexto que Victor llega al estrado como "réprobo", estigmatizado como el delincuente que debe probar su inocencia más que la victima que viene a acusar al Estado. No hay inocencia en este sentido. Más bien hay una transfiguración que quiere realizar Borges en tanto ese "sospechoso" habia "delatado a sus compañeros".
Vuelvo, el contexto de escritura de este texto, y de este Juicio, es el del Decreto 157 que promovia la acción judicial a quienes hubiesen participado de las organizaciones armadas. Es en ese contexto que Victor llega al estrado como "réprobo", estigmatizado como el delincuente que debe probar su inocencia más que la victima que viene a acusar al Estado. No hay inocencia en este sentido. Más bien hay una transfiguración que quiere realizar Borges en tanto ese "sospechoso" habia "delatado a sus compañeros".
Así, el inicio de los procesos de juzgamiento, pone el dedo en la llaga más sensible, la operación de des subjetivación que ocurrió dentro de los centros de detención, tortura y exterminio en Argentina. Pero no es hacia allí hacia donde quiere apuntar el autor, sino solo para rescatar a la tortura y el conjuro de las palabras como el dispositivo a través del cual Borges toma distancia pero hace hablar al acontecimiento al mismo tiempo. Conjuro de palabra que resuena en ese “Había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa”.
Hay una anécdota popular que refiere a ese Borges que podía pasar semanas en busca de una palabra. ¿Ese Borges es el que describe la situación con un “que no se hiciera mala sangre”? Evidentemente, no. Hay un ruido en esa frase, un sonido coloquial, una jerga ajena. Que busca exaltar la ajenidad. Solo a través de ella el cronista toma la distancia necesaria para entrar en la cárcel, entrar en la celda para encontrar nuevamente a ese Víctor. Así como el héroe se convierte en traidor, el liberado es nuevamente preso en la celda del lenguaje.
Hay una anécdota popular que refiere a ese Borges que podía pasar semanas en busca de una palabra. ¿Ese Borges es el que describe la situación con un “que no se hiciera mala sangre”? Evidentemente, no. Hay un ruido en esa frase, un sonido coloquial, una jerga ajena. Que busca exaltar la ajenidad. Solo a través de ella el cronista toma la distancia necesaria para entrar en la cárcel, entrar en la celda para encontrar nuevamente a ese Víctor. Así como el héroe se convierte en traidor, el liberado es nuevamente preso en la celda del lenguaje.
Así, la historia del obrero gráfico se torna la
de Ryan Kilpatrick o la de alguna de las Tres redimidas versiones de Judas. Borges
quiere encontrar en Víctor sus temas de siempre. El traidor y la cautiva,
Fierro y Cruz. En este caso, el momento de redencion de la figura es la tortura. Ese "milagro atroz" no está ahi para explicar la dimension indecible del campo de concentracion (y por lo tanto, de lo ininteligible de las transformacion alli operadas), sino que opera como
dispositivo de mediación de la transmigración de almas, es el dispositivo que
abre a una economía de la redención por la cual “el orden inferior es un espejo
del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del
cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones;
Judas refleja de algún modo a Jesús” (Borges, Tres versiones de judas,
Artificios, 1944).
Silencio. Pero por otro lado, Borges no
puede guardarse el envite al que su propia escritura lo lleva y, en el
siguiente párrafo transforma al verdugo en Redentor. Así, puntúa una de las historias que los sobrevivientes señalan en
relación a una nochebuena, la del 1979, en la que el Capítan de Navio Supisiche, Director de la ESMA, “el Señor de ese
Infierno”, les preparó una cena, “una larga mesa tendida (...) manteles, platos
de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares”. Nótese que Borges cita prácticamente de manera textual el testimonio de Víctor, como modo de disponer el conjuro en “las
palabras del huésped”. Son ellas las que le hacen pensar que en Supisiche anida
algo así como “una suerte de inocencia del mal”. Hay un gesto nuevamente cínico
en esa mirada desde afuera en la cual aquellos que “Habían sido torturados y no
ignoraban que los torturarían al día siguiente” hablaban de acontecimiento
sabiendo que “no era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un
remordimiento”.
Laberintos. En su ultimo testimonio en la causa ESMA, Víctor Bazterra terminó su relato citando el texto de Borges. Mando a los abogados defensores a leer ese ultimo párrafo, aquel en el que defensor e imputado son figuras que se tocan. Interesante giro, finalmente, aquel que había sido objetivado en la crónica, vuelve sobre la misma y se la apodera, haciendo de ella el arma que blandir en una nueva y repetida escena de Justicia. Víctor le birla a Borges el lugar del espectador, Víctor es ahora quien ve la escena completa, se ve a si mismo en el infierno, se ve testimoniando, ve a Borges usando su relato para escribir una nueva pagina del laberinto y, con un gesto magistral, cierra ese laberinto develando el verdadero destino de la crónica que se vuelve así una crónica de si misma.
Magistral señor Matías, debe ser insoportable ser Borges en este caso...
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