Por María Pia López
La Biblioteca Nacional está situada sobre las
ruinas de la mansión Álzaga-Unzué. La antigua residencia de verano de los muy
pudientes había sido expropiada en la década del 30 –nadie se ilusione con una
expropiación a lo Chávez, con aromas justicieros, porque se trataba más bien de
socorrer financieramente a una familia afectada por la crisis del 29, y así el
Estado se quedó con varias residencias-, para ser convertida en casa
presidencial. El único presidente que la usó fue Perón y en esos jardines Eva pasó
los días de su agonía. Por ello, la llamada revolución libertadora decidió
arrasar con la construcción y conjurar su uso edificando la Biblioteca
Nacional, que estaba situada en un viejo edificio de la calle México. Borges
era su director pero no le gustaba la idea de trasladar la casa de los libros a
un nuevo edificio. Que, de todos modos, tardaría treinta años en construirse.
La cuestión es que una afinidad subterránea había entre la lógica de la piqueta
de demoliciones y los textos borgeanos sobre el peronismo, un cierto empeño en
declarar lo ocurrido como ilusión, simulacro, error inverosímil. Una ficción de
mala factura que vientos más propicios lograrían desterrar. Eso parecía surgir
de algunos cuentos y ensayos, y respirar en el enojo con el que Borges
respondería al ¿Qué es esto? de Martínez Estrada. Porque en este equívoco libro
la acusación al peronismo como nazismo aparecía enhebrada con el reconocimiento
de una estricta racionalidad en su existencia y en el entusiasmo popular que
convocaba. El ensayista de Radiografía de la pampa lo consideraba un hecho real
y no un mal espejismo que podía conjurarse rápidamente. Borges discute sobre
ese punto, empeñoso constructor de la idea de que atrás sólo quedaba una
comedia y un simulacro. Nunca podríamos ver en él al que da la orden de la
piqueta, pero si leer en la brutalidad demolicionista el resultado de una misma
voluntad de negación respecto del pasado.
Allí donde caminaban el presidente depuesto y
su esposa ahora es un espacio abigarrado de símbolos, que cada época va dejando
en forma de esculturas y monumentos. En esos jardines, cuyo diseño le es
adjudicado al poeta nicaragüense Rubén Darío, hay una estatua del papa Wotijla,
donada por Polonia en la década del 90, una gigante de Eva Perón y ahora un Borges
sentado y con bastón. En lugar de configurar un palimpsesto, capas temporales
con sus signos diversos, acá se produjo la coexistencia de lo heterogéneo, lo
sucesivo se vuelve simultáneo y el espacio alberga memorias políticas,
religiosas y culturales de lo más diversas. La más reciente es la estatua de
Borges que mira hacia la calle Austria, inaugurada en tiempos de un gobierno
que si no se dice peronista muy seguido tampoco renuncia a la liturgia ni a la
pertenencia.
El homenaje no es irónico pero abre una
paradoja propicia para la ironía. Borges al lado del bar Un café con Perón,
allí donde un muñeco de cera que representa al general que fue presidente
empuña un pocillo, sentado en una mesa, en la que el visitante se podrá sentar,
con su propia bebida, a fotografiarse y, quizás, cumplir su soñado encuentro.
Borges y Perón. Viñas supo escribir un eximio artículo con este título, para
pensar que esos dos nombres eran los de una falsa opción para la Argentina,
porque finalmente en ninguno de ellos podía leerse la trama de la efectiva
existencia histórica de un país y sus persistentes injusticias. De algún modo,
eran caminos que se bifurcaban de una misma fuga de lo material: la historia de
la lucha de clases. Ahora, ambos sobre la calle Austria, esperando ser
fotografiados por una memoria común que los alberga y que quizás no perciba sus
diferencias. En la ficción borgiana, se sabe, una misma eternidad se comparte y
los viejos adversarios encuentran que siempre fueron el otro. Y quizás no, y
cada uno mantenga sus cultos memoriosos y sus lealtades políticas. Alguna vez,
en un cementerio parisino vi una joven que lloraba desconsoladamente frente a
la tumba de Jean Paul Sartre. Pensé que ningún fetichismo puede terminar de
extinguir esos rescoldos, que siempre, ante un monolito de memoria, una
sepultura, un monumento, un rastro, alguien se parará a recordar su más íntimo
vínculo con aquel que se homenajea o recuerda. La estatua de Borges en la
Biblioteca tiene tantos pliegues como su propia literatura: es el hombre
derrotado por la historia –por la persistencia de ese movimiento al que quiso
declarar mero simulacro o ilusión-, es el teólogo que reconocerá su identidad
con el otro teólogo al que combatió con tenacidad, es el hito recordatorio de
un preciso escritor al que no podemos dejar de leer.
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