Por Esteban Rodríguez
“…el arte no es el qué sino el cómo.”
Alexander Soljenitsin en
Un día en la vida de
Ivan Denisovich
En la Argentina cuando a uno le gusta Borges y
lo manifiesta públicamente tiene que estar preparado para justificarse. Lo
mismo cuando nos fascinamos viendo la última película de Clint Eastwood y
salimos del cine encantados dispuestos a militar la película entre los amigos.
Sucede que tanto Borges como Eastwood son
artistas de derecha y las moralejas que traman suelen ser tributarias de una
moralidad conservadora. No vamos a negarlo. Por eso, durante mucho tiempo me la
pasé elaborando argumentos ingeniosos para sortear las impugnaciones de
aquellos que se la pasan levantando la banderita de “posición adelantada”
cuando nos corremos de lugar y frustramos las expectativas que nuestro
interlocutor, políticamente correcto, tiene de nuestro anarcoperonismo
progresista.
Hasta que un día descubrí estas palabras en “La
novela luminosa” de Mario Levrero: “Cuando un es joven e inexperiente, busca en
los libros argumentos llamativos, lo mismo que en las películas. Con el paso
del tiempo, uno va descubriendo que el argumento no tiene mayor importancia; el
estilo, la forma de narrar, es todo. Así, puedo ver la misma película o leer el
mismo libro innumerables veces, incluso una novela policial cuya solución
conozco de memoria.”
Lamentablemente estas palabras llegaron
demasiado tarde y demasiado tiempo perdí en discusiones bizantinas y
trasnochadas. Pues a esta edad no tengo que ponerme a rendir exámenes. Lo
disfrutamos y punto, y que los eunucos bufen! Ellos se lo pierden. Las palabras
de Borges retumban como un mantra, de la misma manera que las imágenes que
compone Eastwood.
Marx decía que en lo concerniente al arte, hay
épocas de florecimiento artístico que no guardan ninguna relación con el
desarrollo general de las relaciones de producción, que están desacopladas de
su tiempo, desquiciados de sus hacedores. En algunos casos se trata del futuro
anterior, pero en otros es como si el tiempo no pasara o se hubiese detenido,
como si la obra se encontrara agazapada fuera de la historia. Marx estaba
pensando en el arte griego y, seguramente en el Shakespeare que no paraba de
citar de memoria cuando podía. Nosotros estamos pensando en Borges. Borges está
fuera del tiempo. En esos casos, decía Marx, “la dificultad no consiste en comprender
que el arte… estén ligados a ciertas formas del desarrollo social. La
dificultad consiste en comprender que puedan aún proporcionarnos goces
artísticos y valgan, en ciertos aspectos, como una norma y un modelo
inalcanzables.”
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